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Conociendo a Luis Buñuel

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¿Cómo habría sido entrevistar a este peculiar director meses antes del estallido de la Guerra Civil? Aquí os dejamos una recreación basada en datos reales de su vida y trayectoria, tanto personal como profesional.

 «La moda es la manada, lo interesante es hacer lo que a uno le dé la gana»

Después de meses esperando, por fin nos recibe luis_buñuel_en su casa: acunado por el estruendo de los tambores de Calanda, educado por los jesuitas, fascinado por la liturgia, la ortodoxia y la heterodoxia católica, fiel a una postura ética de izquierda, amante de Galdós y del Marqués de Sade. Rebelde, inconformista, soporte de todo principio liberador.

Nos presentamos el fotógrafo Sandro Botticelli y la periodista Belén Amaro. Al ver a mi compañero con la cámara nos confiesa que no le gustan las fotos, por lo que decidimos que continuaré yo sola.

Tiene una voz gorda y ríspida. Es muy alto. Tiene una presencia que impresiona o, tal vez, soy pequeña.

Sabemos que es reacio a conceder entrevistas pues se encuentra incómodo debido a su incipiente sordera.  Con disimulo, nos colocaremos a su izquierda, el pabellón de su oído útil. Como ha comentado en una de las escasas entrevistas concedidas: “mi lado bueno es el izquierdo, el que manda el diablo”. Por eso vamos a aprovechar el privilegio para conocer a este joven cineasta que ha convulsionado la industria del cine.

Nos encaminamos hacia un amplio despacho. La casa es acogedora, sobria, sin lujos, como corresponde a un aragonés, pero con el toque francés de su esposa, Jeanne Rucar, con la que lleva casado poco más de 2 años.

Me sonríe un poco y, con esa mirada penetrante, me ofrece un café. Compartimos el aroma y comenzamos una conversación banal sobre el tiempo.

Le agradezco que haya accedido a recibirnos pese a haber llegado dos minutos tarde, hecho que no le gustó nada.

B.A.- Con solo 36 años ya ha publicado varios textos literarios, se ha hecho cargo de la dirección artística de El retablo de Maese Pedro, de Falla; ha escrito varios guiones; ha ejercido de crítico de cine; ha rodado varias películas: Un perro andaluz, La edad de oro, el documental Las Hurdes… y cuando se habla de cine en España, el primer nombre que aparece es el suyo.

L.B.- Gracias, pero no merezco tantos honores. No me gusta estar de moda y detesto la publicidad.

B.A.-Pues su nombre es uno de los que más suenan para ser Coordinador deluis_buñuel_2 Propaganda al Servicio de la Información en la Embajada de París.

LB.- No tiene nada que ver la publicidad con la propaganda política. Esta última, en este caso, está al servicio de la defensa de unas ideas progresistas para despertar a este país del letargo y la pobreza en la que se encuentra, y así batallar contra los analfabetos funcionales.

B.A.- ¿Es ese el propósito de su documental Tierra sin pan, sobre Las Hurdes?

LB.-Este documental, aunque parezca escandaloso o estremecedor, es real. Está basado en un libro de Maurice Legendre y retrata una de las zonas más atrasadas de España. Aunque la realidad, sin imaginación, es la mitad de realidad.

B.A.- ¿Qué pretendía con él? Porque, como sabrá, la Segunda República lo censuró y prohibió su visionado en España por considerarlo denigrante.

LB.– Simplemente denunciar una situación. Tenemos que ser conscientes de que este tipo de difusiones prestan un servicio a la revolución y, si con ello conseguimos sacar a España del analfabetismo funcional en que se encuentra, pues mejor. Aunque yo no aspiro a eso. Yo ruedo lo que me gusta. Por otra parte, no creo en el progreso social. Sólo puedo creer en unos pocos individuos excepcionales de buena fe aunque fracasen, como el Nazarín de Pérez Galdós.

B.A.- ¿Cuánto cuesta eso? ¿Cuál es el precio de rodar lo que le gusta?

L.B.- Nunca hago concesiones, prefiero trabajar con poco presupuesto antes que aceptar presiones. Siempre he contado con ayuda, pero sin condiciones. Mi madre me dio 25.000 pesetas para rodar Un perro andaluz, los Vizcondes de Noailles me ayudaron con La edad de oro y mi amigo Ramón Acín, que tuvo la suerte de que le tocara la lotería, invirtió en el documental sobre Las Hurdes.

B.A.- Tiene buenos amigos, amigos cuyos nombres suenan en los círculos surrealistas: Dalí, Lorca,… Compañeros de juergas y de explosiones creativas.

L.B.- Tengo amigos de los años del colegio de los jesuitas, algunos son curas. Y otras amistades nacieron en la Residencia de Estudiantes de Madrid, que creo son a los que usted se refiere. Mantenemos una relación a tres, de amor-odio. Somos muy diferentes y tal vez por eso nos llevamos bien, pero no voy a entrar a comentar nada de la intimidad de mis amigos. Si quiere saber algo sobre ellos, pregúnteles, pues le diré una cosa: soy fiel a la República, pero también a mis amigos. He ayudado a liberar a José Luis Sáenz de Heredia  -primo de José Antonio Primo de Rivera- al que conozco de nuestros trabajos en Filmófono. Y si cualquiera de mis compañeros de juerga, como usted los llama, estuvieran en peligro, también les ayudaría. Corren tiempos difíciles en ambos bandos y artistas como Lorca o Miguel Hernández lo pasarán mal. Ojalá me equivoque. Admiro al hombre que permanece fiel a su conciencia, cualquier cosa que ésta le inspire. Y Lorca, es el mejor de todos. Pero no me refiero a sus obras de teatro o poesía, sino a él como persona. Él es su obra maestra.

B.A.- Ya que ha hecho una referencia al origen de estas amistades en sus años de infancia y juventud, comencemos por Calanda.

L.B.- ¿Qué quiere que le diga que no sepa? Sí, nací en Calanda en 1900. Lo sabe, ¿no? Si no, debería venir mejor preparada.

B.A.- Sí, sé que nació en Calanda, aunque creo que su nacimiento no fue en 1900, sino en 1908 cuando fue por primera vez al cine Farrusini de Zaragoza, una barraca, donde puedo suponer que ¿atónito y maravillado admiró las proyecciones de Méliès?

L.B.- (Se ríe y sus carcajadas resuenan en la casa. Entra en la habitación su hijo  Juan Luis o Jean Louis, como lo llama su madre, con un cubito lleno de barro y va a refugiarse entre las piernas de su padre). Ya veo que algo sí ha leído sobre mí. Es cierto. Esas películas desde ese telón blanco me llamaban… Eso es lo que quería hacer. Y sí, atónito, maravillado, asombrado. Desde aquella silla fui a la luna y a la selva.

¿Sabe? El mundo está dividido en dos tipos de personas: las que ven películas y las que las hacen. Siempre he querido formar parte del segundo grupo. Estoy en ello. Espero conseguirlo algún día. Aunque me gustaría no haber visto ninguna película antes de hacer las mías. Me gustaría ser de nuevo analfabeto, para escapar de la cultura.

B.A.- Tiene una pared llena de libros. ¿No es esto contradictorio?

L.B.- Quizá he leído demasiado. Hay demasiados libros, demasiada charla, demasiadas opiniones sobre libros, sobre cine. Me siento un poco asfixiado. Mi ideal teórico es regresar a la infancia, donde no hay lectura.

B.A.- ¿A la edad de su hijo?  (Su primogénito no para de jugar con las manos, simula gestos y hace muñecos de barro.) Parece que se le da bien modelar. ¿Qué edad tiene? ¿Le gustaría que fuera artista, que siguiera su tradición?

L.B.- Es pequeño, sólo tiene 2 años. Yo soy malísimo con las manos, un desastre. Ha debido de salir a su madre, porque lo que es a mí… Y mejor, porque no quiero que sea artista, me encantaría que fuera profesor, con un trabajo serio… No sé si lo estamos educando bien. A veces, para estimular su imaginación, le pido que se ponga en una situación imposible.

B.A.- ¿Una situación imposible?

L.B.- Sí, como por ejemplo, que haría si fuese un mejillón. Y, pese a la edad que tiene, se sorprendería. Por eso la infancia es la mejor edad del hombre.

B.A.– Volviendo a Las Hurdes, aparecen niños hambrientos…

L.B.- Es una realidad pero, a pesar de todo, cuando crezcan, si consiguen llegar a una edad adulta, recordarán con cierta nostalgia esas carencias.

B.A.- Pero esos niños no son actores.

L.B.- Efectivamente, pero los niños y los enanos han sido los mejores actores de mis películas. Y no me gusta que llamen película a lo que es un documental. Lo he filmado en 2 semanas. Soy muy meticuloso con la técnica.

B.A.- Sin embargo, ese celo con el cuidado técnico no es perceptible cuando se visiona. Tal vez ahí radica su maestría.

L.B.- No sé si es maestría o no. Uso hasta 18 posiciones diferentes de cámara. No busco el éxito comercial, no me importa lo que hagan con mis películas.

B.A.- ¿Cómo ve el cine español en el futuro? ¿Ve posible una industria floreciente?

L.B.- ¿Posibilidades del cine español? Ni las presiento. Quizá con el tiempo salga del paso lo mejor que pueda. Me parece esta una cuestión de clima, de historia, de raza, de geografía. Si me preguntaran en Norteamérica  por las posibilidades de que los Estados Unidos  lleguen a ocupar un alto puesto en el mundo de la pintura, respondería al instante: “Nazcan ustedes como nosotros, españoles o italianos”

B.A.- ¿Considera, por tanto, que el arte está en España o Italia? ¿Le interesa el arte?

L.B.- Nada, y aún menos el artista

B.A.- Y el cine, ¿es un arte?

L.B.- No importa si lo es o no. Me gusta el humor y la poesía que encontramos en él. El cine es una industria. Nace del estándar, de la división del trabajo. Es el representante más específico de nuestra época, nacido tan en función de sus necesidades espirituales como la catedral en la Edad Media. Pero si esta supone dolor, el cinema supone alegría.

luis_buñuel_3B.A.- Sin embargo, Un perro andaluz no es precisamente una comedia. Es una obra de singular originalidad y profundidad. Aparece un ojo rasgado por la navaja y provoca un impacto emocional, subversivo, transgresor.

L.B.- No, no es una comedia, evidentemente. Pero me da igual. Le contaré una anécdota sobre esta película: Dalí un día me dijo: “Anoche soñé con hormigas que pululaban en mi mano”, a lo que respondí: “Hombre, pues yo he soñado que le cortaba el ojo a alguien”. En seis días escribimos el guión, estábamos tan identificados que no había discusión.

Para mí, la película perfecta es la cómica y norteamericana, donde el elemento humano no tiene preponderancia sobre el natural. Yo hago películas que me aíslen de lo que me ofrece la sociedad, es más, siempre voy a restaurantes vacíos aunque sean malos, los prefiero a esos restaurantes llenos en los que hay 40 personas esperando, sonrientes y plácidas. La moda es la manada; lo interesante es hacer lo que a uno le dé la gana.

B.A.- Hay un selecto público de surrealistas que consideran que con esta película el cine se ha convertido en un arte diferente. Se han sentido hechizados por un cine que viene del subconsciente, un cine nuevo y frontal dispuesto a lavar las costumbres de las propuestas comerciales.

L.B.- No considero vanguardista esta película. Casi todas las películas que dicen llamarse vanguardistas son plagio de ciertos momentos de films americanos o alemanes comerciales.

B.A.- Hace unos años usted escribía crítica. ¿Qué le parece lo que se escribe sobre sus películas?

L.B.- No me importa lo que digan. Yo hago cine para mí, para mis amigos. Me divierte si les divierte a ellos.

B.A.- ¿Va al cine?

L.B.- Una, dos, tres veces al año. Me gusta demasiado y me trae recuerdos de aquella barraca. Me gusta comprobar cómo avanzamos en la técnica. Pronto todas las películas y documentales serán en color.

B.A.- ¿Cuáles son sus proyectos más cercanos?

L.B.- El ministro de Asuntos de Exteriores me quiere proponer como hombre de confianza del embajador. Imagino que las misiones que me encomendará serán, principalmente, de inteligencia. El año que viene se celebrará la Exposición Internacional de París y seguramente me encargaré de la supervisión del pabellón español. Una vez que acabe esta guerra que acontece, lo único que espero es que sigamos vivos.

Y cuando morimos, una cosa lamento: no saber lo que va a pasar. Abandonar el mundo en pleno movimiento, como en medio de un folletín. Yo creo que esta curiosidad por lo que suceda después de la muerte no existía antaño, o existía menos en un mundo que no cambiaba a penas. Una confesión: pese a mi odio a la información, me gustaría poder levantarme de entre los muertos cada diez años, llegarme hasta un quiosco y comprar varios periódicos. No pediría nada más. Con mis periódicos bajo el brazo, pálido, rozando las paredes, regresaría al cementerio y leería los desastres del mundo antes de volverme a dormir, satisfecho, en el refugio tranquilizador de la tumba.

B.A.- Podría ser el guión de su próxima película.

L.B.- Bueno, ahora estoy vivo, por eso soy feliz. Y cuando muera espero que quemen todo lo que he hecho. Comparto los sentimientos del Marqués de Sade. En él descubrí un mundo de subversión extraordinaria en el que entra todo: desde los insectos hasta la sociedad humana, el sexo, la teología. En fin, me deslumbró realmente. Quiero que me quemen y me arrojen a los cuatro vientos. Quiero desaparecer completamente, sin dejar rastro.

B.A.- Para terminar, si tuviera que definirse…

L.B.- Saldría por la puerta sin decir una palabra.

Jeanne entra a recoger a su hijo. Aún conserva la figura estilizada de la gimnasta que consiguió la medalla de bronce en las Olimpiadas de París de 1924.

Les dejo en sus quehaceres cotidianos, como si de una familia ordinaria se tratase. Es la hora de comer y Buñuel, muy tradicional en la intimidad, no consiente la impuntualidad: a la una en punto ha de estar la mesa puesta.

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