Principal Opinion Cartas al director Un día en la vida de un jerosolimitano palestino

Un día en la vida de un jerosolimitano palestino

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Este texto es una traducción del ingles realizada por Jesús Gamero, de lo escrito por Zack Sabella en su blog. Tiene su permiso para ser traducido y difundido.

Durante una reunión en Belén esta mañana, un colega sentado en la mesa de reuniones recibe una llamada telefónica. Su expresión facial cambia y se observa la angustia en su cara. Le pregunto qué le pasa, él me responde: «Mataron a Mustafá, el amigo de mi hijo Adel. Hemos de concluir, debemos irnos.» Inmediatamente he entrado en las webs informativas tanto israelíes como palestinas, siendo la discrepancia en las informaciones evidente. La prensa israelí muestra a Mustafá como un terrorista que intentó apuñalar a un policía israelí en la Puerta del León en Jerusalén, mientras que la prensa palestina, a partir de las informaciones de testigos oculares cuenta una historia totalmente diferente. A Mustafá le dispararon después de negarse a seguir la orden de la policía que le instaba a sacarse las manos de los bolsillos. Las fotos de Mustafá, caído sobre un charco de su propia sangre y su cuerpo despojado de sus ropas por la policía israelí, confirman la historia palestina, no hay cuchillo o un destornillador alrededor.

En mi camino a casa desde Belén, siento una sensación de ansiedad en las calles de Jerusalén. Hay policía israelí, controles y unidades de comando cada 100 metros. Me acerco a una intersección en la carretera 1, y veo a un hombre israelí ondeando una gran bandera israelí con una tira de tela de color naranja en la parte superior. La tela de color naranja representa el color asociado a los colonos israelíes. Mientras conduzco hacia mi barrio de Beit Hanina, paso más coches con banderas israelíes ondeando fuera de sus ventanas. Un conductor israelí sostiene una gran bandera en la mano izquierda, mientras que con su derecha mantiene el volante. Uno tiene la sensación de que es un día de fiesta nacional en Israel.

Cuando llego a Beit Hanina, me dirijo a comprar algo de pan en la panadería del vecindario. Mientras estoy en el mostrador, un anciano camina entre angustiado y ansioso. Le miro a la cara y le pregunto qué le pasa. Él me mira y dice: «¿Alguna vez ha visto a alguien recibir un disparo frente a usted?» Le digo que afortunadamente no. Él me dice: «Yo lo vi, hace un momento, le estaban persiguiendo, cinco de ellos, burlándose de ella, tratando de quitarle su hijab, asustarla, estaba petrificada.» Traté de calmarlo, pero él continuó: «En el momento en que cruzó la carretera, un policía fronterizo salió de la nada y le disparó cinco tiros a quemarropa a su cuerpo. Fue una ejecución, despiadada, y no puedo conseguir quitarme la imagen de la cabeza». El anciano estaba hablando de Farah Bekir, una estudiante de 17 años de edad, de la cercana Escuela Secundaria Abdallah Ben Al-Hussein. Más tarde se me ocurrió que el hombre israelí que ondeaba una gran bandera de Israel estaba de pie en el mismo lugar donde fue asesinada Farah, celebrando el tiroteo mientras agitaba la bandera.

En este momento, suena mi teléfono. Es mi esposa Lisa, diciéndome que evite conducir a través del cercano asentamiento de Pisgat Zeev. Me dice que acaban de disparar a un niño palestino de 12 años de edad, bajo la sospecha de intentar apuñalar a un colono israelí. Reviso en mi teléfono las noticias, y la imagen de un niño palestino de unos 12 años de edad caído sobre un charco con su propia sangre me traumatiza. Me digo a mí mismo, si se puede disparar a los niños sin pestañear, puedo ser el próximo en caer en cualquier momento si algunos israelíes deciden acusarme de haberlos atacado, robar su gato, o cualquier otro delito arbitrario o inventado. Al parecer, la policía y las normas militares de combate se han relajado hasta el punto que a casi cualquier palestino que se le vea actuando de manera sospechosa se le puede matar en el acto. Esto está en línea con una reciente publicación en Facebook escrito por un activista por la paz israelí que trabaja para el Comité Israelí contra la Demolición de Casas (ICAHD-USA) que confirma que, según sus fuentes en el gobierno israelí, los dirigentes israelíes han dado luz verde a policías y soldados para disparar primero y preguntar después. Cualquiera que dispara a un palestino es inmediatamente recompensado con elogios por parte de la opinión pública israelí, alabado como un héroe nacional que ha hecho su parte para salvar al pueblo de Israel.

Abro la puerta de mi casa, y ahí veo a Naya, mi hermosa hija de tres semanas esperándome. La agarro, la beso, y doy gracias a Dios por habérmelas arreglado para llegar a casa sano y salvo en este momento, pero estoy preocupado. Como un joven palestino, estoy en peligro de recibir un disparo en cualquier momento en mi propia ciudad, especialmente si mi comportamiento es interpretado como sospechoso por algún policía israelí con exceso de celo o gatillo fácil. Lo peor de todo esto es que, Dios no permita que esto suceda, nadie del gobierno israelí, la policía, o el público se van a molestar en poner en marcha una investigación o hacer preguntas. Este ha sido el caso con cada ejecución extrajudicial de palestinos que ha tenido lugar en las últimas dos semanas. La matanza de palestinos se ha convertido en algo tan rutinario como el agua potable en la sociedad israelí, y está siendo celebrada por la gran mayoría de la opinión pública israelí tal y como Gideon Levy escribió en su reciente artículo de Haaretz titulado «Israel’s lawless death penalty without trial buoyed by cheers of the masses» (aprox: Pena de muerte israelí ilegal sin juicio es impulsada por la aclamación de las masas). Al igual que el hombre que estaba de pie en la calle principal, donde Farah fue tiroteada, agitando la bandera de Israel, provocando a los residentes no judíos de la ciudad, celebrando su tiroteo. Este es Jerusalén hoy, este es un día en la vida de un Jerosolimitano Palestino.

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