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Matar un ruiseñor

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Matar un Ruiseñor
Matar un Ruiseñor

Para los amantes de la literatura y el cine, oír el nombre de Atticus Finch supone un sinfín de sensaciones y emociones difíciles de explicar. De hecho, Atticus es un personaje fascinante y magnético, un ser bondadoso y comprensivo hasta la médula; un icono que ha perdurado hasta nuestros días desde que Harper Lee lo convirtiera, en 1960, en el protagonista principal de Matar Un Ruiseñor, su única y loada novela que, entre otras consideraciones, obtuvo el premio Pulitzer y que, dos años después, Robert Mulligan trasladara a la gran pantalla con un sentimentalismo y una maestría insuperables. Nadie mejor que Gregory Peck podría haber dado vida a un personaje con la misma intensidad que él. No en vano, el actor consiguió uno de los tres merecidos Oscar con los que se galardonó a la película. Las otras dos estatuillas cayeron en manos de su director artístico y de Horton Foote por su guión adaptado. Lo cierto es que la Academia se quedó corta a la hora de premiar a Matar Un Ruiseñor.

Matar un ruiseñor
Matar un ruiseñor

Matar Un Ruiseñor es un film excelente, de los de visión obligada. Es innegable que la noble figura de Atticus Finch y la espléndida relación que establece con sus dos hijos menores, ayudó a crear el mito. Él es un hombre viudo, abogado y amante de la vida en familia.
Repuesto de la muerte de su esposa, su principal objetivo es sacar adelante a sus dos pequeños, Jem y Dill, una niña de 6 y un niño de 10 años respectivamente. Eran tiempos duros para los norteamericanos; corrían los años 30 y la depresión había herido la moral de la mayoría de sus habitantes. La familia Finch formaba parte de una pequeña comunidad de Alabama, en el Sur del país, justo cuando los brotes racistas se estaban multiplicando y endureciendo. Una intriga judicial -en la que Atticus tendrá que actuar como abogado de oficio de un negro acusado de haber forzado a una joven blanca-, será el detonante que hará que los dos hermanos empiecen a comprender los consejos y la benignidad que les ha inculcado su padre en todo momento. El misterio hace presencia para esos niños, el silencioso sonido de la noche y el susurro de las ramas de los árboles, la presencia de un vecino misterioso, al que los niños consideraban un monstruo peligroso, tendremos la principal distracción nocturna de éstos durante sus vacaciones estivales.
Tan sólo con sus créditos iniciales, acompañados de la evocadora música de Bernstein, se crea la atmósfera ideal para enganchar al público a una de las historias más tiernas y emocionantes del cine de los años 60. La fuerza interpretativa de un modélico Gregory Peck, el sensible dibujo de una niña que comienza a entender la dureza de la sociedad en la que le ha tocado vivir, y la sabiduría de un guión sin fisuras y capacitado en el arte de deformar la realidad para adaptarla a la visión más simple y ensoñadora de los más pequeños, hacen de este un film ejemplar y único. Una joya, un alegato (en nada ingenuo) a la igualdad, la hermandad y la justicia y, al mismo tiempo, un canto al peculiar microcosmos en el que se desenvuelve la infancia. Y todo ello debido a la artesanal concepción de un director al que se le debería reconocer, más a menudo, su influencia en el cine actual y del que este año, en una de las retrospectivas habituales del Festival de Sitges, se recuperará El Otro, un título indispensable que abrió nuevas alternativas al género fantástico.

Es una película llena de enseñanzas básicas y sencillas que te llegan y te enternecen. Es una cinta difícil de olvidar, llena de mensajes que no caen en la moralina típica. Os la recomiendo. Vais a pasar un momento de tierna sonrisa.

Las frases:

Confiaban en que ustedes, señores, estarían de acuerdo con ellos en la suposición, en la indigna suposición, de que todos los negros mienten

(Atticus)

Hijo, hay muchas cosas feas en este mundo. Me gustaría poder evitar que las vieras, pero no es posible

(Atticus)

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